El redentor de ruidos

russ_mar_piat“La vida antigua fue silencio. En el siglo XIX, con la invención de las máquinas, nació el ruido. Hoy el ruido triunfa y domina soberano sobre la sensibilidad de los hombres”. Así comienza Luigi Russolo su Arte de los ruidos, el manifiesto futurista publicado en 1913 en el que se justifica, a través de la historia, el paso desde el silencio al ruido y, sucesivamente del ruido a la música; o mejor dicho al ruido musical. De esta manera el ruido, como materia útil para la creación, subía al altar de las artes musicales.
Si bien la idea de ruido rondó siempre la música, aún cuando hasta entonces había llegado a ser una representación más que una realización efectiva –por ejemplo Jean Féry-Rebel, a inicios del siglo XVIII, en su ballet Les Elémens, representa el caos con un cluster de las cuerdas que incluye “todas las notas de la octava en un único sonido”–, esta vez aparecía como la energía necesaria para agitar los cansados y solemnes modos que el romanticismo dejaba como herencia. “Hay que romper este círculo estrecho de sonidos puros y conquistar la variedad infinita de sonidos y ruidos”, decía Russolo con itálico entusiasmo.
El siglo de las vanguardias amanecía y el movimiento futurista del escritor italiano Filippo Tommaso Marinetti se lanzaba literalmente a conquistar el mundo con la épica del progreso y una retórica cargada de vértigo y violencia. “Hasta hoy, la literatura exaltó la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso ligero, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo… Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una belleza nueva: la de la velocidad”, escribía el vate en el manifiesto fundacional del Futurismo.

Aquellos viejos rumores

Los intentos de Russolo por aplicar las consignas futuristas a la música dieron como resultado lo que por lo novedoso –y sobre todo por su significación en el tiempo– sería uno de los más extraordinarios experimentos musicales del siglo: los entonarruidos, que presentó en el Teatro Storchi de Modena en junio de 1913. Con la grandilocuencia que lo distinguía, Marinetti describió la experiencia de enseñar los entonarruidos al público incrédulo como “mostrar el primer motor de vapor a un tropel de vacas”.
Las máquinas eran cómicamente básicas en su aspecto: cajas sólidas de diferentes tamaños y en el interior de cada una de ellas una bocina alargada de metal. Un diafragma estirado en el interior de la caja podía producir, según se variara su tensión con una palanca, una escala de más de 10 tonos, con sus semitonos y cuartos de tono. Russolo formó una orquesta de estas máquinas para el primer “Gran concierto Futurista” que tuvo lugar el 24 de abril de 1914 en el Teatro Dal Verme, en Milán. Cuenta que la ejecución fue perfecta, pero “la bestialidad del público impidió que se escuchara ni siquiera un movimiento”.
Durante la Primera Guerra Mundial, Russolo sufrió serias heridas en la cabeza. Al final del conflicto se radicó en París, donde realizó posteriores elaboraciones en las máquinas de ruidos. Sus conciertos durante los años ’20 causaron gran controversia e impresionaron a compositores como Darius Milhaud, Maurice Ravel, Arthur Honegger y al futuro profeta de la música contemporánea, Edgard Varèse, que será su virtual continuador.
Aún en la ruptura con la tradición que los futuristas pretendían, Russolo exaltaba en su criatura cualidades como afinación perfecta, capacidad de dulzura y posibilidad de virtuosismo. La muerte del tiempo y la eterna velocidad omnipresente que proclamaba Marinetti, se propagó en la literatura, el teatro y la pintura futurista, pero Russolo no logró –o no quiso– penetrar la espesa coraza romántica de la música, acaso encandilado por la idea de eternidad que sugiere una raigambre; o como una manera de permitir que esa belleza eterna entrara en su nueva idea de eficiencia. El ruido no llegaba para desplazar al sonido, sino para asociarse a él, como parte de un mismo mérito.
Antes de partir como voluntario a la Primera Guerra, Russolo decía: “Las dificultades para las interpretaciones de la orquesta de entonarruidos no son tan grandes como parecería: la única gran dificultad parece seguir siendo la brutalidad del público, que no quiere escuchar… pero esperamos, incluso creemos firmemente, poder vencerla también”.
En el ocaso de su vida volvió a la pintura, su profesión original.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Blog Stats

    • 11,588 hits
  • mayo 2009
    L M X J V S D
        Jul »
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    25262728293031
  • Únete a otros 12 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: