En ningún lugar

DowlandThirdPor lo fascinante de su universo simbólico, el aura mítica de sus orígenes y el encanto de sus exégetas, la melancolía ocupa un lugar de privilegio entre los males distinguidos de nuestro tiempo.
Si bien sus significados han mutado a lo largo del tiempo, desde considerarse en la cosmología griega inclusive como una patología terrible y funesta –cuyas derivaciones podían llevar a la locura–, hasta lo que el siglo 19 llamó spleen y el 20 saudade, esta especie de dulce tristeza pincelada de nostalgia que predispone a la meditación e impulsa intuiciones profundas, ha delineado lugares y épocas. Un buen ejemplo de sociedad melancólica podría ser, por ejemplo, la Europa de fines del siglo XVI; la de la Contrarreforma.
Entonces, la melancolía invadía, sobre todo, los ánimos más sensibles a las mutaciones que comenzaban a hacer girar al mundo hacia la modernidad. Las fisuras en la unidad religiosa con sus consiguientes guerras, las teorías copernicanas que desmantelaron el orden cósmico milenario que justificó las razones del universo hasta entonces, el descubrimiento de un nuevo continente que ensanchó los límites del mundo –las analogías de estos hechos con nuestro tiempo son sorprendentes– son algunas de las razones que empequeñecieron la dimensión humana ante la complejidad amenazadora de la existencia.
Filósofos, literatos y artistas fueron los más afectados, al punto que la figura del artista taciturno se convertirá en un arquetipo, un lugar común sostenido por ese espíritu casi sacro que aún hoy hace de la melancolía la compañía privilegiada de la inspiración artística. Hasta el punto que el sacerdote Giovanni Della Casa en su célebre Galateo –un manual de buenos modales justificados desde una visión humanística– recomendará: “no es bueno mostrarse melancólico en una conversación, excepto para aquellos que estén acostumbrados a especulaciones en las llamadas artes liberales”.
De la misma manera que en la Italia de las cortes poderosas serán los madrigales de Luca Marenzio y el príncipe Carlo Gesualdo di Venosa uno de los campos de acción privilegiados para el ejercicio melancólico, en la Inglaterra de Isabel I lo será la música para laúd de John Dowland.

Lágrimas

Dowland había nacido en Dublín en 1562, pero había crecido en ámbitos protestantes. Célebre por sus habilidades de cantor y tañedor de laúd, en 1580 se trasladó a París para trabajar al servicio de Sir Henry Cobham, embajador de Inglaterra ante la corte francesa. Entonces supuso que sería conveniente convertirse al catolicismo; y así lo hizo. De vuelta a Inglaterra y tras recibir en 1588 el grado de Bachiller en Música en la Universidad Oxford, solicitó un cargo de músico en la corte de Isabel I, que naturalmente le fue negado, por no ser protestante.
Desilusionado, decidió abandonar Inglaterra para recorrer Europa. Kassel, Nüremberg, Florencia, Génova y Venecia son algunos de los lugares en los que se destaca tanto por sus cualidades como músico como por sus extravagancias y vicios bajos, que además de convertirlo en un peligroso enemigo de sí mismo, lo llevaron a perder numerosas oportunidades de trabajo.
En Italia había entablado relación con Luca Marenzio –que lo recomendó para la publicación de su Book of Ayres, pero al que nunca encontró en persona–, Giovanni Croce y otros grandes polifonistas. Sin embargo, su obstinación por ser músico en Inglaterra lo hizo volver en 1597 para obtener, nuevamente, el grado de Bachiller en Música, esta vez en la Universidad de Cambridge. Las sospechas de que en Florencia había tenido tratos con un círculo de conjuradores católicos opuestos a Isabel I frustran una vez más sus aspiraciones de ser músico de corte. Para dejar en claro las cosas escribió una larga y ceremoniosa carta a Sir Robert Cecil, secretario de Estado de Isabel I, en la que no sólo afirma su inocencia, sino que además asegura haber dejado el catolicismo, “que no tiende a otra cosa que a la destrucción”. Nadie le creyó.
Obligado por las circunstancias a abandonar la isla, fue nombrado músico del Rey Cristian IV de Dinamarca y Noruega. Allí comenzará lo que será su obra maestra, un verdadero monumento a la melancolía: Lachrimae, Seaven Teares…, una serie de pavanas para laúd y viola da gamba en la que consagra su tristeza intimista. La obra fue publicada en Londres en 1604.

Para esto Dowland había llegado a Inglaterra en 1603 poco antes de la muerte de Isabel I, como para estar en el momento justo en el lugar indicado para solicitar un puesto en la corte del nuevo rey James I. Por eso, la dedicatoria de Lachrimae es para Ana de Dinamarca, esposa del flamante soberano inglés y hermana de Cristian. “Os dedico esta obra iniciada donde vos naciste y editada donde ahora reinás”, decía. Sin embargo, el resultado no fue el esperado, ya que Ana no consideró oportuno arrebatarle un músico de tal magnitud a la corte del hermano, de la que de todos modos Dowland fue expulsado dos años después por sus extravagancias y sus ya mencionados vicios.
Tras regresar a Inglaterra para servir a Lord Howard de Walden, finalmente en 1612 obtuvo el ansiado cargo como uno de los laudistas de James I. Tocó el laúd en el funeral del rey, en mayo de 1625, y murió un año después, pobre, triste, solo y olvidado. Acaso tratando de adivinar qué ojos tendría el dios que lo miraba.

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