El cacique sin tribu

Barrios

Por Santiago Giordano

El reflejo tardío del Romanticismo europeo, que en los primeros años del siglo 20 influenciaba buena parte de la sensibilidad artística sudamericana, tuvo en el paraguayo Agustín Pío Barrios uno de sus ejemplos más acabados e intensos. Guitarrista virtuoso, compositor inspirado, observador sensible de lo que lo circundaba y bohemio por vocación, su obra y su vida –aún con aspectos por develar– se alimentan continuamente y tejen un destino en el que la soledad del pionero y el espíritu del errante no encuentran un lugar en el mundo. Había nacido en 1885 en San Juan Bautista de las Misiones, donde permaneció hasta los 13 años como integrante de la Orquesta Barrios, formada por sus ocho hermanos. Su condición de niño prodigio le posibilitó más tarde obtener una beca para estudiar guitarra en Asunción.

En 1910 salió por primera vez del Paraguay para ir a Corrientes a dar un concierto. La buena recepción de su música y su índole andariega lo tentaron a prolongar su camino y después de pasar por Santa Fe, Formosa, Córdoba y Buenos Aires, recorrió Brasil, Uruguay y Chile. Así, lo que debía ser una ausencia de una semana se convirtió en un peregrinaje de 14 años. En ese transcurso amplió su formación artística, conoció la música de Bach y de Chopin –que lo influenciarían notablemente– y escribió algunas de las que serían sus obras más conocidas, como La Catedral, Confesión, Invocación a mi madre, Sueño en la floresta, Danza paraguaya y los bellísimos valses nº 3 y 4. Tras un fugaz regreso a su país, donde no logró crear su escuela de guitarra, retomó su rumbo para recorrer una y otra vez América del Sur.

Su virtuosismo descomunal y un lenguaje guitarrístico singularmente refinado no llamaron la atención de Andrés Segovia –que curiosamente nunca le interpretó una obra, quizá por temor a promocionar un talento superior al suyo–, pero fueron calificados por Héctor Villa-Lobos como “inigualables”.

Barrios ofrece conciertos en el ámbito provincial de las parroquias guitarrísticas sin llegar a encantar al gran público. Hasta que en 1932 conoce en Caracas al empresario artístico Pablo Machado, quien lo convence de cambiar su manera de dirigirse a los auditorios, entonces –como ahora– dispuestos más que nada a sorprenderse con eventos sensacionales.

Así adoptará el más sonante y guaranítico nombre de Nitsuga Mangoré –Nitsuga corresponde a Agustín al revés, mientras que Mangoré era un cacique guaraní muerto en lucha contra los españoles en la época de Sebastián Gaboto– y dejará de lado el clásico esmoquin para adoptar trajes tradicionales del Paraguay. En un afiche del Teatro Apolo de San José de Costa Rica, que promociona un concierto para el 1º de mayo de 1933, se puede ver a Barrios ataviado con plumas en la cabeza, hojas de palma como vestido, aros y colgantes. “Grandioso acontecimiento artístico –se lee–. Una sola audición de guitarra por el soberbio Indio Guaraní, El Paganine (sic) de la guitarra. El Alma aborigen que canta en la guitarra”. Más abajo se enfatiza: “Oyendo a Mangoré el espíritu se extasía y nos hace recordar nuestra primera ilusión amada. El artista aclamado por todos los públicos del mundo como algo sobrenatural”. De ese hombre disfrazado de indio que en la foto aparece con el rostro oscuro, la mirada severa, los pómulos salidos, la boca grande y apretada, el físico macizo y las manos cerradas en puño, se anuncia un programa con obras propias, además de páginas de Bach, Mozart y Beethoven.

A partir de allí la fama de Mangoré se extiende y hasta se divulga la leyenda de que fue educado en las reducciones jesuíticas del Paraguay. Sólo quienes ignoran que los jesuitas fueron expulsados de América por Carlos III en 1767 se lo creen.

En 1934 Mangoré rompe relaciones con Machado, vuelve a ponerse el esmoquin y desde México se embarca hacia Europa. En Bélgica ofrece un recital en el Real Conservatorio de Bruselas –donde estrena una suite de Bach, transcripta para guitarra por él mismo y es muy elogiado– y más tarde pasa a Berlín, donde permanece 14 meses. Allí sólo logra dar conciertos en algunas radios, acaso porque en los escenarios de la Alemania nazi no había lugar para ese rostro oscuro, esa mirada severa, esos pómulos salidos, esa boca grande y apretada.

Regresó para seguir dando vueltas por América. Murió en San Salvador en 1944, pobre y casi olvidado.

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