El que no fue Puccini

Michele Puccini“Si pudiese hallar maneras de ganar dinero, iría donde estás ¿Hay alguna posibilidad para mí allá?”, escribía en abril de 1890 Giacomo Puccini a su hermano Michele, sumido en la desesperanza por el fracaso de su ópera Edgar. “Te prevengo, no vengas. No puedes ni imaginar las que he pasado aquí”, respondía Michele desde Argentina.

Únicos varones entre los siete hijos de Michele Puccini y Fortunata Albina Magi, Giacomo y Michele descendían de una antigua familia de músicos de Lucca. Desde el bisabuelo Giacomo que en el siglo XVIII fue sepultado en la iglesia de San Romano –privilegio reservado a los servidores del estado–, hasta el Michele que murió en 1864, siempre un Puccini sirvió como organista y maestro de capilla en la catedral de Lucca. Contra la tradición familiar, Giacomo y Michele no ocuparon este cargo; los jóvenes prefirieron dejar la ciudad natal y estudiar en el Conservatorio de Milán.

El primero en llegar a la capital lombarda fue Giacomo, cinco años mayor que Michele, favorecido por una beca otorgada por la reina. Entre 1880 y 1883 estudió con Amilcare Ponchieli, fue compañero de Pietro Mascagni y frecuentó a Alfredo Catalani, en un ambiente artístico que en el crepúsculo de los Scapigliati comenzaba a configurar en el Verismo la propia versión del Naturalismo francés. Años más tarde, cuando Michele llegó a Milán, Giacomo ya había puesto en escena Le Villi –estrenada en el teatro Dal Verme en 1884– y la menos afortunada Edgar –estrenada en la Scala en 1889–, pero estaba aún lejos de Manon Lescaut, la ópera que a partir de su estreno en 1893 le abriría las puertas de los grandes teatros italianos.

Michele no lograba resultados en sus estudios y después de renunciar a su trabajo en el negocio del editor musical Alessandro Pigna decidió, alentado por Giacomo, emigrar.

Con 25 años, alto y distinguido, Michele Puccini llegó a Buenos Aires en octubre de 1889, entre tantos italianos que buscaban un mundo nuevo. Había partido con su amigo de infancia, Ulderigo Tabarraci. En la ciudad “de extraordinario movimiento”, se establecieron en una modesta pensión de Cerrito 339. Las escasas posibilidades de trabajo y el alto costo de la vida hicieron que Michele no se aquerenciara en la creciente urbe. Fecuentando la bohemia porteña, logró establecer vínculos con la colectividad italiana y sobre todo con la clase política local. Fue a través de un senador, Domingo Pérez, que logró una recomendación para que el presidente Carlos Pellegrini lo nombrara maestro de música e italiano en el Liceo de Señoritas de Jujuy.
El 10 de abril de 1890, Michele dejó Buenos Aires y partió hacia el norte. Después de dos días de viaje, tras pasar por Rosario y Córdoba, llegó a Tucumán. Siguió un día más de viaje hasta Chilcas, para continuar después en un  carruaje tirado por 16 mulas. En una carta a su tío, el doctor Cerú, Michele contó que mientras cruzaba los Valles Calchaquíes, “aparecieron cinco o seis indios, armados de flechas y puñales, que se nos vinieron encima. Respondimos con nuestras armas, la noche era oscura y no podíamos ver sus caras sino por el resplandor del fuego de los revólveres”. El carruaje quedó inutilizado, por lo que cada uno de los doce pasajeros tuvo que tomar una mula para continuar el viaje. A lomo de animal, marcharon entre la medianoche y el alba, hasta llegar a un poblado donde fue posible comprar caballos. Cuatro días después, Michele entró en San Salvador de Jujuy montado en un pintado.

La expectativa de la sociedad jujeña por la presencia del maestro italiano era mucha; el diario local anunció su llegada en términos entusiastas y el Senador Pérez aumentó su popularidad por el logro. Michele escribía a su hermana Ramelde,  “Hace 15 días que estoy acá y todavía tengo el culo hecho una sola ampolla por el viaje”.

Comenzó a dar clases de música e italiano en el Liceo y de piano por su cuenta, además de ocuparse como secretario del cónsul, Baldi de Barga.

En tanto, el encanto del artista extranjero sobre el candor provinciano otorgaba ventajas.  Michele las aprovechó y entabló una relación con Fidela, aplicada alumna de piano. Además de joven y bella, la seducida era esposa de su amigo, el senador Pérez, caudillo incontrastable de la región, personaje influyente en Buenos Aires y hombre violento. El romance no soportó los límites del disimulo y al poco tiempo se difundió en la poco animada sociedad jujeña. Pérez, traicionado en su honor político y en su fe personal, retó a duelo al Puccini. A muerte. En el empeño de honor, Michele hirió a su ex amigo y enseguida abandonó la ciudad con rumbo a Buenos Aires. Lo esperaba el músico Edoardo Aromatari, que lo ayudaría a seguir a Río de Janeiro, donde Ulderigo Tabarraci –el amigo de infancia que había partido con él desde Italia– había encontrado su lugar en el mundo.

A los pocos días, el 12 de marzo de 1891, Michele murió de fiebre amarilla en Petropolis, zona montañosa a unos 40 kilómetros de Río, donde Tabarraci se había trasladado con su negocio para escapar a la epidemia. “El mal duró siete días –contó el amigo en una carta a Giacomo–; en su final no pude verlo, nadie podía entrar donde los enfermos yacían”.

De su tumba y su música, no quedaron rastros.

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