Hasta la muerte

Sergei-ProkofievAcaso mientras brilló como pianista y compositor en Europa ni siquiera llegó a imaginarlo. Sin embargo, cuando en abril de 1933 Sergei Prokofiev volvió a la Unión Soviética para sumarse a la vida cultural de un país que abordaba su recuperación, se encontraría ante la encrucijada más profunda y angustiante que un artista del siglo 20, en un mundo que descubría la cultura como fenómeno de masas, podía afrontar: las relaciones entre obra, público y conciencia individual.

Por entonces, en Occidente se usaba resolver este triángulo en la esfera de un cada vez más personalista pensamiento estético, expresado subjetivamente desde el ensayo o más vehementemente en el panfleto, herramienta vital en épocas de vanguardia. En la Unión Soviética, en cambio, se desarrollaba un proceso que hará de esas relaciones una materia regulada por la ley del Estado. El gran ojo del Partido Único vigilaba un arte pensado a imagen y semejanza del pueblo que la visión edificante del realismo socialista –brazo estético de la revolución– imaginaba.

Prokofiev, quien en 1917 había adherido con entusiasmo a la revolución bolchevique, un año después emigró a París, Londres y Estados Unidos, donde entró en contacto con las corrientes musicales más avanzadas e innovadoras de la época, además de participar en sus debates.

Aquellas experiencias reforzaron su antirromanticismo y matizaron su natural tendencia al orden y la simetría. De allí surgió su estilo original e inconfundible: seco, irónico, con vigor rítmico, pero con un implacable y generoso sentido de la melodía. En 1923 se radicó en París y allí su música adquirió un carácter más disonante y una articulación formal más compleja –su segunda sinfonía podría considerarse emblema de este período– y 10 años después decidió volver a su patria, con una sólida reputación como compositor y pianista.

Al principio se mostró molesto por las presiones ejercidas por el régimen, pero pronto su naturaleza clasicista le permitió amoldarse a las necesidades del “nuevo público masivo, que el compositor soviético debía procurar atraer”. La suite orquestal El teniente Kijé, sobre la música que en 1934 había compuesto para la homónima película de Alexandr Feinzimmer, dio inicio a una serie de obras “optimistas y populares”, que sin embargo, mostraban cierta ambigüedad en su función política. Prokofiev no se entregaba del todo al dictado del sistema y evitaba caer en lo que consideraba un provincianismo coartador.

Encima, Stalin. Es difícil pensar en una paradoja más desconcertante, para un artista, que encontrar imprevistamente invertidas las jerarquías de los valores éticos y estéticos. Lo que en el mundo actual, por ejemplo, se manifiesta a través de la antinomia comercial-artístico –con el poder económico tendiente a crear mayorías conformistas, sin que el Estado, cuyos políticos y funcionarios se limitan a correr demagógicamente detrás de esas mayorías, cumpla su función de contrapeso– se proponía entonces como la tensión entre libertad individual y proyecto general.

La búsqueda de un lenguaje y un estilo original que en Occidente eran requisito primario para un artista progresista, se convierte, transpuesto el límite, en “formalismo burgués y reaccionario, idealismo subjetivo que atenta contra el verdadero progreso”. Prokoviev transitó con talento por el cenagoso terreno que pende entre la aceptación oficial y las necesidades de un artista.

En 1948 Andréi Zhdanov –alto funcionario del Partido y consuegro de Stalin– emitió un decreto que dio inicio a una campaña de descrédito y críticas hacia algunos compositores rusos, acusados de “burgueses y reaccionarios que limitan el papel social de la música a una pervertida gratificación egocéntrica”. El decreto fue inmediatamente seguido por un congreso de la Unión de Compositores, en el que se exhortó a los acusados, entre ellos Prokofiev, a retractarse públicamente.

“Arrepentido”, el compositor siguió produciendo y por su séptima sinfonía recibió un premio de manos del omnipotente Stalin, el mismo que lo censuró por La historia de un hombre real, una de sus óperas; el mismo que condenó a 20 años de trabajos en Siberia, acusada de espionaje, a la ex esposa del músico, la cantante de origen español Lina Lluvera.

Prokofiev murió el 5 de marzo de 1953 en Moscú, cerca de las 10 de la noche. Una hora antes, en la misma ciudad, culminaba la prolongada agonía de Stalin provocada por un derrame cerebral.

Hubo honores sólo para el líder. El diario Pravda anunció la muerte del artista tres días después.

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