El mirador de miradas

Por Santiago Giordano

En el año 1669, Rembrandt Harmenszoon van Rijn moría en Amsterdam. A pesar de haber sido uno de los artistas más célebres e influyentes de su tiempo y una figura central de la Edad de Oro de la pintura holandesa, el pintor pasó sus últimos años en la pobreza y el olvido.
Su decadencia económica y social habría comenzado poco después de 1642, en sugestiva coincidencia con la conclusión de una tela de grandes dimensiones, encargada por la Corporación de los Arcabuceros de Amsterdam.
La obra, que según las entonces frecuentes formas del retrato corporativo muestra la compañía militar del capitán Frans Banning Cocq, será reconocida desde el siglo XIX como La ronda nocturna y es considerada una de las obras maestras de la pintura universal.
En la composición dinámica con que Rembrandt concibe la escena y el movimiento aparentemente desordenado de los componentes –y sus miradas–, Peter Greenaway intuye que se esconde una conspiración y un asesinato. Una denuncia encubierta que habría cumplido el pintor holandés en su cuadro y que sería la razón de la marginación que sufrió en una sociedad sostenida por el poderío económico.
Rembrandt’s J’Accuse se llama el documental en el que, con ritmo de thriller y erudición recargada, el director galés expone 30 razones, 30 miradas, con que asegura es posible justificar el crimen que ve dentro del cuadro. Una vieja obsesión del gran mirador británico, que esbozó la misma idea en El contrato del pintor (1984) y que en esa dirección frecuentó a Rembrandt en Nightwatching (2007).
En otra crítica a la civilización de la palabra, el director de El vientre del arquitecto prefiere mirar. Mira a Rembrandt que mira las miradas de cada uno de los personajes que integran el cuadro, para pintar su delación.
En esas miradas el director elabora la acusación para reivindicar al pintor -genio barroco, marginado y mal mirado- con cierto afán, legítimo, de reconocerse en él. Greenaway mira como guionista, realizador y voz narradora; pero también como fiscal y juez, como detective, docto del arte y hasta moralizador.
Cada una de las razones que articulan la exposición del caso son vistazos minuciosos e implacables a detalles del cuadro. Se reconocen los más de 30 personajes que lo componen, se clasifican las anormalidades respecto a los hábitos de la época, se revelan los símbolos, se justifican los gestos y las actitudes.
En este recorrido detallado por la tela, como imaginaba Paul Klee, la pintura asume movimiento. La película es la pintura que discurre y contextualiza sus mínimos detalles en un relato conducido sin más alternativa que la mirada de un Greenaway que construye sus razones prescindiendo de cualquier tipo de diálogo con la historia del arte.
En el documental Rembrandt’s J’Accuse , la idea de verdad resulta secundaria y, en todo caso, se imprime en una manera de mirar que, más allá de la ficción o la realidad, hace cine de La ronda nocturna y que, seguramente, logrará que las miradas que le sigan no dejen de mirarla.

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