Los Pliegues modernos de un clásico

Publicado en Página/12 el 4 de setiembre de 2020

Por Santiago Giordano

El músico brindó un show notable acompañado por su trío, más Gary Bartz como invitado de lujo. En un formato que remitía al célebre cuarteto de Coltrane, McCoy Tyner mostró cómo se puede tensionar al máximo los preceptos elementales del género: diálogo e improvisación.

El pianista no termina de acomodarse en su taburete y ya puso las manos sobre el teclado. Enseguida comienza a tentar una introducción y despliega arpegios que la mano derecha disuelve en el registro agudo con un gesto de sensibilidad líquida. Hasta que deja caer la izquierda sobre los bajos con un peso que da la idea de una solidez que no tardará en trasladarse al resto del trío. Se va armando “Fly with the Wind” y es como una máquina que empieza a carburar: Eric Kamau Gravatt pone el pulso en los platos de la batería y Gerald Cannon refuerza con el sonido redondo que saca del contrabajo la poderosa mano izquierda del pianista, que reserva la derecha para compartir la melodía con Gary Bartz, el excelente saxo alto invitado. La sala casi llena observa el tradicional silencio expectante de los que ven y escuchan llegar lo esperado: McCoy Tyner, con su trío más un saxofonista toca en el Gran Rex, un reflejo entusiasmante que inevitablemente remite al cuarteto de John Coltrane.
Tyner es sin duda uno de los nombres notables de la historia del jazz, uno de los pianistas más personales, y no sólo por haber sido determinante en el sonido del último Coltrane, acaso el más arrojado y trascendental, de cuyo cuarteto formó parte entre 1960 y 1965. Sus posteriores desarrollos como líder de numerosas formaciones, con muchos de los músicos importantes de su época, lo llevaron a probar distintas fórmulas, a incorporar otros recursos, aún sin alejarse de una idea de jazz modal que sin distinguir dónde comienza uno y termina otra, tiene su epicentro en el ritmo y la armonía. Desde este punto de vista, su estilo no presenta mayores variantes y queda sentado en una discografía que aportó más de un título a esa deportiva costumbre periodística de elaborar tablas ejemplares para establecer cánones de escucha. The Real McCoy (1967) o Guitars (2008), por ejemplo, podrían estar en las listas más exigentes.
El jueves, el legendario pianista de 72 años puso una vez más esas ideas al servicio una manera de hacer jazz capaz de tensionar al máximo los preceptos elementales del género, diálogo e improvisación, y al mismo tiempo muy cuidadosa de no destruirlos. En este sentido, Tyner es un jazzista clásico, cuya modernidad, si hiciese falta, podría buscarse en los detalles, en los pliegues de un sonido que se modela de abajo hacia arriba –la melodía es subsidiaria del ritmo y la armonía– y se encadena en una cuadratura formal compacta.
Un sentido implacable del ritmo fue el común denominador de un concierto que, con pocos matices en la distribución de roles, se apoyó en la altísima performance individual y colectiva. Temas como “Walk Spirit, Talk Spirit”, la intensa “Ballad for Aisha” –con Bartz al saxo soprano– o el maravillosamente swingueado “Blues of Corner” se ajustaron a la misma economía: introducción del piano solo, exposición del tema por el saxo secundado por el piano sobre la base incorruptible, generoso despliegue de solos y final feliz con regreso al tema, eventualmente con alguna digresión del piano, formidable por cierto, en el cierre. En ese contexto, cada solo en general reflejó el equilibrio formal y expresivo que terminaría caracterizando al tema completo. Cannon se permitía algunas licencias líricas, Gravatt no sacaba el pulso de los platos ni en los momentos más intensos de sus improvisaciones y McCoy pasaba enseguida del despliegue melódico a la concentración de la inquieta armonía en bloques, con esa manera ardorosa por la que Miles Davis, con un poco de mala leche, alguna vez lo llamó “aporreador de pianos”. Los solos de Bartz resultaron de lo mejor de la noche, con ese sonido redondo que brilla sin encandilar, el fraseo plástico y un extremo sentido de la construcción.
Cuando promediaba el concierto y la voz cavernosa de McCoy anunció “Moments Notice”, de Coltrane, el espectro del ideólogo de Love Supreme ya se había pronunciado varias veces. Y si inevitablemente al escuchar McCoy se evoca algo de Coltrane, es porque en aquel sonido de Coltrane había mucho de McCoy. El mismo McCoy que al final, respondiendo al prolongado aplauso que lo reclamaba, volvió solo y tocó, con la forma melancólica de su estilo portentoso, “I should care”.
Antes de Tyner y los suyos, Paula Shocron y Pablo Puntoriero mostraron partes de El enigma, su nuevo disco. La pianista y el saxofonista trazaron una línea ininterrumpida que movió su eje desde la elaborada trama rítmica de “El desorden”, de Shocron, hasta la quietud de “Moniebah”, de Dollar Brand, con un virtuosismo de gesto contenido, cuya intensidad crecía con la profundidad del diálogo. Excelente.

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