Obras detrás de la obra

Por Santiago Giordano

Gracia o desgracia, la idea de inmovilidad como virtud, tarde o temprano, suele imponerse en las músicas creadas en nombre del folklore. Como si esa aspiración  a la eternidad que constituye su opio se alimentase del poco inocente malentendido que pone el respeto en relación directa con la conservación. La obra de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, por ejemplo, es sin duda una de las más respetadas y más interpretadas de la música argentina. Imitada y canonizada alrededor de las ideas que él mismo se encargó de fijar –tocando piano, cantando con la guitarra o arreglando y dirigiendo el formidable Dúo Salteño, por ejemplo– la interpretación de su música parece haberse estandarizado en dos o tres maneras, muy bellas por cierto, pero desde hace tiempo sentadas entre las cosas quietas y por veneradas intocables. Sin embargo, la obra de Leguizamón es producto de una tan delicada como irreverente especulación entre raíces y proyecciones posibles, de movimientos que sin quebraduras ni revoluciones corrieron con distinguida flema y cuño personal los límites conocidos por el folklore. En ese espesor, la obra de Leguizamón sigue abierta a las dinámicas de lo posible. Espera a otros intérpretes.

Guillermo Klein, uno de los músicos más originales de lo que con amplitud podríamos llamar jazz, se acercó a la obra de Leguizamón con el mismo espíritu respetuoso pero  superador que debe haber animado al salteño en sus momentos creativos. Domador de huellas se llama el disco que recoge el trabajo que Klein comenzó en 2008, comisionado por el Festival de Jazz de Buenos Aires, y que ahora publican al mismo tiempo el sello Acqua Records en Argentina y Sunnyside Records en Estados Unidos.

Al frente de una banda excelente, integrada por Richard Nant (trompeta y percusión), Juan Cruz de Urquiza (trompeta), Gustavo Musso (saxo tenor), Martín Pantyrer (clarinetes), Esteban Sehinkman (piano Rhodes), Matías Méndez (bajo) y Daniel “Pipi” Piazzolla (batería), el pianista y compositor  escucha a Leguizamón desde otro lugar, sin compromisos con tradición alguna. No se trata de una traducción al jazz que reduce el tema a una excusa para la improvisación. Lo de Klein es premeditado y más que arreglar los temas, los recompone, los coloca una red de tensiones y concordancias que sin embargo nunca abandonan la huella trazada por el original.

Como si sobre cada tema elegido plantease una tesis, Klein pone en juego rasgos minimalistas, gusto por el contrapunto, desarrollos rítmicos, ampliaciones amónicas y un delicado instinto de orquestador. El sentido coral y la profundidad armónica de Maturana, el trabajo orquestal de Zamba para la viuda, la expansión rítmica en Coplas del regreso, son algunos ejemplos de variedad que no atenta contra la unidad. Klein también canta, por ejemplo en la hermosa zamba La mulánima –junto a Román Giudice–, con voz urbana, templada por el asombro. Liliana Herrero,  hermosa en La pomeña y Serenata del 900, y la española Carme Canela con Cartas de amor que se queman, también son parte de este disco excelente. Un gran homenaje a un gran creador.

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