La testigo

Por Santiago Giordano

Acaba de cumplir 99 años, pero no es un símbolo del pasado. Con sus tangos y valses, sus milongas, zambas y estilos, Nelly Omar, la última cantora nacional, es más bien una prenda de la historia, un aval de voz inagotable que se prolonga lúcida hasta nuestros días. Sus presentaciones, sean en el Luna Park, el Festival de Tango de La Falda o en alguna cantina de Buenos Aires suelen terminar con ella cantando “La descamisada” y el público aclamándola de pie, saludándola como “la compañera cantora”. Será que con esa manera generosa y vehemente de revelar su procedencia, se cumple la promesa de una voz para los sin voz, o simplemente se produce otro de esos cuadros coloridos por alguna forma de algarabía popular. Hay algo de eso, y mucho más, cuando esta mujer menuda y entera levanta los brazos y abre el poncho rojo y negro para cantar custodiada por guitarras. Algo que tiene que ver con persistencia en el tiempo, con el destino de ser la testigo de un siglo problemático y febril y conservar la luz necesaria para contarlo. “Muchos hacen de mí la representante de lo que no pudieron ser, tal vez porque me ven como una parte de lo que todavía sueñan”, desliza la cantora apenas inicia la conversación. Algo de eso hay, seguramente.
Nelly se quita los anteojos oscuros y prolijamente los acomoda en su cartera. Pide que el té no sea demasiado caliente y aconseja empezar por las masitas que tienen chocolate. “Pruébelas, están sequitas, lindas”, invita. Por la ventana entra el rumor de la ajetreada tarde porteña, mientras la charla se anuncia plena de recuerdos, presencias que esta mujer de memoria puntillosa irá repasando con afecto, rabia o ironía. Nunca con ligereza. “Durante mi vida traté de defender lo nuestro; en una época, como país estuvimos en primera línea y hoy somos una colonia. En esta caída estamos perdiendo hasta nuestras canciones”, asegura, y comienza a puntear uno de los perfiles posibles de Nelly Omar: “Siempre tuve mucho respeto por los escenarios, cada uno es una prueba y a esta altura de mi vida me puede pasar cualquier cosa. Imagínese si un día, antes de cantar me falla la voz… Yo soy muy sensible. Usted ahora me ve así, conversando y bromeando, pero soy muy nostálgica y sentimental. A veces siento angustia y me defiendo haciendo chistes, con sentido del humor. Otras veces pongo música de Chopin para llorar”.
Nació el 10 de setiembre de 1911 en la localidad de José Bonifacio, cerca de Guaminí, en las llanuras del Oeste de la provincia de Buenos Aires. En 1924 debutó como cantante en Capital Federal. Desde entonces, su historia personal y profesional atraviesa la historia del país. Perón y Evita, por supuesto, y también Gardel, Corsini, Canaro, Magaldi, Manzi, Tita Merello y Libertad Lamarque son algunos de los nombres cardinales de un anecdotario que ella misma repasa con lucidez asombrosa. “¿Cómo no voy a cantar ‘La descamisada’? Para mí es un sello, porque representa la época más feliz de nosotros, de los más pobres, de los desprotegidos”, se planta enérgica. “Nunca fui política, pero sí fui peronista. De Perón y Evita. Por eso, cuando (Raúl) Apold –secretario de Propaganda e Información durante el peronismo– me llamó para que grabe esa milonga no lo dudé, tenía una deuda de gratitud con ellos”, cuenta. “‘Nelly, queremos que grabe esto’, me dijo Apold, y también me dio la marcha ‘Es el pueblo’. Las dos obras están firmadas por Maroni y Helu, pero creo que ahí hay otros autores”, supone. Apoya la taza de té sobre la mesa, pone una mano sobre otra, cierra los ojos y entona a media voz: “Soy la mujer argentina, la que nunca se doblega, y la que siempre se juega, por Evita y por Perón…”. “¿Se da cuenta?–dice– No le conozco a esta gente la capacidad de hacer este tipo de cosas; ellos eran simples letristas, con algunas obras, pero nunca habrían combinado frases con tanto amor. Sólo un idealista puede escribir estas cosas, aquí hay una sensibilidad superior”.
–¿Está diciendo que ahí puede estar la mano de Homero?
–No lo sé, me lo reservo…
Homero es Manzi, un nombre que retornará muchas veces en la conversación.

Destino de cantora

El rostro, de una belleza que los años no lograron domar, se le llena de gestos, mientras por su voz pasan las décadas en un relato que resulta vertiginoso. Dice que nunca olvida sus orígenes rurales; que como mujer le costó mucho difundir sus discos y que nunca terminará de agradecerle a Francisco Canaro por invitarla a grabar con su orquesta. Su voz se enternece cuando cuenta que todas las noches le reza una oración a Evita, de la que siempre lleva una imagen en la cartera, y se hace dura cuando recuerda que después del ’55 por su adhesión al peronismo la silenciaron –“me allanaron la casa y se llevaron todo”–. Dice que ni en la hora más difícil de su vida pensó en irse del país y mucho menos pensó en salir a golpear puertas para pedir ayuda; que hoy finalmente goza de la soledad; que no ve televisión –“la grosería no va conmigo”–; que le gusta levantarse tarde y hacer gimnasia casi todos los días; que se cuida comiendo poco –“un churrasco, ensalada y mucho jugo de naranja”–, y que a su edad todavía necesita trabajar para vivir y que lo hará mientras tenga voz para hacerlo.

Cuenta también que usa el poncho para cantar desde que una vez, en los años duros de la Revolución Libertadora, no tenía plata para comprarse ropa y su hermana Nilda le prestó uno para actuar; que todavía se siente fuerte; que piensa grabar nuevos discos; que tuvo una vida difícil pero no guarda rencores, y que tiene mucho para agradecer. “Mire, para mí el tema de la felicidad pasa en primer lugar por cantar, porque es ahí donde expreso lo que siento –asegura–. Tengo el gran privilegio de que el pueblo me siga y ese es el premio mayor, porque de ahí vengo. Soy una mujer del pueblo, para el pueblo. Pero no de ahora: cuando tenía cinco años iba al almacén de ramos generales de Guaminí, compraba 20 centavos de galletitas surtidas y me paraba en la puerta del colegio para repartirlas a los chicos de primero inferior”.

Nelly asegura que desde muy chica supo que iba a ser cantora. Otra vez junta las manos y cierra los ojos. “Luna blanca, luna llena, hay luna de plata fina, se me ha muerto un hermanito, lindo como una estrellita”, entona. “A esta la cantaba cuando tenía cinco años”, cuenta y continúa con una milonga: “Por mi porte y mi donaire y mi atractiva silueta, dicen que soy la pebeta más linda de Buenos Aires. Que soy de la aristocracia, la más bonita y preciosa, que encierro toda mi gracia en una flor maravillosa…”, canta. Todo cambió, dice, cuando por primera vez escuchó los discos que el mismo Gardel, amigo de su padre, dejaba en su casa cuando pasaba por Guaminí. “Habrá sido por el ’18 –rememora–. Gardel vino a casa a visitar a mi padre, que como buen gringo chapado a la antigua no permitía que los chicos tratasen con los grandes, ¡y menos con un artista! Nos mandaron a dormir a todos los hermanos, pero yo me quedé espiando, a través de una persiana. Estaba Gardel y también Razzano. Gardel tenía un peinado gracioso, con raya al medio. Era medio gordito”.

“Mi infancia fue muy feliz, hasta que a los 11 años perdí a mi papá y ahí me llené de tristeza –continúa en el recuerdo–. A los 12 trabajaba en una fábrica para ayudar a mi mamá, ya estábamos en Buenos Aires. A los 16 un hermano me inscribió en un festival que organizaba el Club Colegiales en el cine-teatro Argos. Enseguida, el administrador de la sala me ofreció un contrato para seguir cantando ahí por tres días, a ciento ochenta pesos. Una de esas noches estuvo Ignacio Corsini, que me dijo: ‘Cuando quiera cantar, mis guitarras están a su disposición’. Él me alentó para que comenzara mi carrera de cancionista. Ahí fue cuando fui a pedirle permiso a mi mamá. ‘Andá, porque eso es lo que tenés que hacer. Vos naciste para cantar, no para ser aviadora, me dijo’”.
–¿Aviadora?
–Claro. Yo estudiaba aviación, quería ser aviadora.
–¿De dónde le venía esa vocación?
–Es que con mis hermanos éramos amigos de Carola Lorenzini, esta gran maestra del aire. Siempre me gustó volar, todavía hoy, cada vez que hago un viaje prefiero hacerlo en avión.
Entonces, con la ayuda de Corsini comenzó su carrera…
–Sí. Después audicioné y entré en Radio Rivadavia, en un programa que se llamaba Cenizas del fogón. Ahí conocí a los grandes de la época. El director de la compañía me decía: ‘Nelly, tenés que casarte con el que hace de galán, porque tiene una situación muy buena’. Yo tenía 17 años y pensaba: cómo me voy a casar con ese que no me gusta…
–Ahí trabajaba también como actriz…
–Cantaba y tenía algunas participaciones como actriz. Yo estaba estudiando con Milagros de la Vega, que ya entonces me decía que tenía una buena voz para el teatro, por la buena dicción y la fuerza. Mire la edad que tengo y mi voz todavía está firme. Incluso alguna vez Blanca Podestá y Mario Danesi me quisieron llevar a su compañía, me decían que dejara de cantar y me dedicara al teatro. Fíjese que no le estoy hablando de cualquiera…
–¿En esa época conoció a Evita?
–A Evita la conocí en Quilmes, alrededor de 1940. Yo iba a volar los domingos y un día me la presentaron. Hacía poco que ella había llegado de Junín y ese día comenzó una amistad que duró hasta su muerte. Era como una hermana para mí. Inclusive, la noche que conoció al General Perón en el Luna Park, en 1944, yo estaba con ella. Me habían encargado una de las alcancías para recaudar fondos para las víctimas del terremoto de San Juan y en eso veo que se acerca Perón, un hombre hermoso, con traje militar blanco. El Coronel Imbert, interventor de la Caja de Ahorro, enseguida le presentó a Evita, que se sentó a su lado. Nunca más se separaron.
–¿Y a Manzi cuándo lo conoció?
– Nos conocimos en el ’37, pero recién en el ’44 comenzamos a estar juntos. Yo hacía un programa que se llamaba Los pájaros ausentes, con Charlo, y él escribía los libretos. Para mí era una persona muy agradable, muy inteligente, con la que daba gusto conversar, pero nada más. En cambio, él se estaba enamorando de mí. Continuamente me buscaba y me hacía regalos. Yo me había casado en el ‘35 y a los dos meses me separé, pero seguí viviendo con mi ex marido durante ocho años, por el amor que tenía por mi suegra, que era como mi segunda madre. En ese entonces andaba medio muda, porque me había fracasado todo. No hablaba casi, cantaba nomás. Yo quería tener 10 hijos, como mi mamá. En la libreta de casamiento hasta había puesto el nombre del primer hijo que iba a tener, se iba a llamar Ricardo Antonio: Antonio era mi marido, Ricardo el padrino de casamiento. Homero, en cambio, estaba casado.
–Pero estaba enamorado…
–Me había prometido que se separaría y nos casaríamos en Uruguay o en México. Estuvo separado sólo cuatro meses, hasta que su mujer se tomó un frasco de bromuro y él tuvo que volver a su casa. Ahí me di cuenta de cómo estaban las cosas y le dije: “Mirá, vos hacé tu vida que yo hago la mía. Con vos, ni a la esquina voy”.
–Mientras estuvieron juntos, ¿Homero la introdujo en su mundo de amistades y relaciones?
– No. Homero me escondió muchas cosas de su vida. Ni siquiera me llevó a los sets de filmación.
–¿Por qué cree que no la llevaba?
–Me celaba mucho, porque sabía que yo era una mujer libre y que no estaba enamorada de él, como él si lo estaba de mí. Estaba tan enamorado que una vez volvió de México repentinamente y fue directamente a Villa Giardino, donde yo había ido a descansar con mi hermana. Debe haber sido por el ‘47 o el ‘48. Yo estaba molesta porque Homero no cumplía lo que prometía, hasta que llegó con una valija llena de oro. Había collares, pulseras, de todo había. La puso sobre la mesa, la abrió y me dijo: “es para vos”. “Qué te creés –le contesté– que me vas a comprar con eso. Llevátelo, salí de acá”. Cerró la valija y se fue. Le debe haber afectado mucho, porque a los pocos días me llamó Ulises Petit de Murat. “Llamálo, mandále una carta, por lo menos un telegrama, este hombre se va a suicidar”, me dijo. Al poco tiempo, una madrugada, el taxi que siempre llevaba a Homero paró abajo de casa y él, que nunca tuvo las llaves de mi departamento, golpeó la ventana con una piedrita. Lo hice pasar; tenía cara de desesperado. Se sentó y me dijo: “se me quebró un ala”. Ese día le habían diagnosticado el cáncer que lo mataría.
–¿Y usted qué hizo?
–Yo lo acompañé en todo lo que pude durante su enfermedad. Al final, cuando estaba internado pude verlo una vez, sin que lo supiera su familia y los médicos, que cuidaban que no me acercase, aun si él pedía por mí. El doctor Raúl Matera me avisó a las cuatro de la mañana que no había nadie y me hizo entrar por la guardia del hospital. Entonces lo pude ver como nunca hubiese querido verlo. Estaba acabado. A los pocos días murió.

Amistades

–¿Quienes fueron sus amigos en el ambiente del tango?

–Tuve una gran amistad con Agustín Magaldi, cuando trabajábamos juntos en Radio Belgrano me llevaba de la mano hasta el borde del escenario y decía: “Acá está la futura cantora del tango”. Ese hombre tenía 38 años cuando murió, y la mujer le escribía anónimos que decían “A tu hijo no lo vas a ver ni muerto”. Pobrecito, así lo mandó a la tumba, y al final el pobre hijo nunca pudo ver a su padre. Igual que la mujer de Manzi, que le decía “Antes que verte con esa prefiero verte muerto”. ¡Cómo puede haber gente tan malvada! También fui amiga de Corsini, con quien nos encontrábamos seguido, porque yo paseaba mi perrito en Parque Centenario, cerca de donde él vivía. Pensar que cuando grabó “La pulpera de Santa Lucía” yo iba a la tienda La Piedad, de Guaminí, y ponía una monedita para escucharlo. Después de 60 años recién la grabé yo. Con Ignacio nos apreciábamos mucho, pero sólo como amigos.

–¿Y entre las mujeres?

–Libertad Lamarque, cuando venía a Buenos Aires me invitaba a tomar el té a su casa o íbamos al teatro.
–¿Y cómo se llevaba con Libertad usted que fue amiga de Evita?
–Bien, porque nos entendíamos en la cocina. Como con Tita Merello, muchos la criticaban por su mal carácter, pero conmigo fue siempre amorosa. Los domingos comíamos siempre juntas; una vez en su casa, porque ella cocinaba muy bien, y otra vez en la mía. Después Tita llamaba un remis y nos íbamos a pasear por Palermo. También fui muy amiga de Rosita Quiroga, que un día llegó a Radio Splendid con un partitura hecha un rollito en la mano. “Usted tiene una voz que cautiva y acá traje una música para que me la cante”, me dijo. ¿Sabe qué música era? “Apología tanguera”. “Tango rante que tenés, el alma de un cachetazo…” (canta). ¿Se acuerda? De ahí salió la amistad con ella hasta que se murió.
–¿Y qué orquestas le gustaban?
–Me gustaban mucho Di Sarli y Osvaldo Fresedo, porque eran señores del tango. Había grandes músicos en mi época. El mismo D’Arienzo, a pesar de sus locuras era un músico extraordinario. José Basso, cuando acompañaba a Floreal Ruiz, te hacía vibrar. Francisco Canaro fue el número uno, con las comedias musicales y tantas cosas que hizo. Muchos se desvivían por Troilo, pero le digo la verdad, a mí su orquesta no me decía nada.
–Pero Troilo era uno de los grandes amigos de Homero…
–Debe ser por eso que no me gustaba.
–¿Cómo imagina que festejará su cumpleaños número 100?
–Los cumpleaños los festejaba cuando mi mamá me hacía los pastelitos. Quién sabe, capaz que para los 100 me tiro una canita al aire.
–¿Cómo le gustaría que la recuerden?
–Como buena persona, antes que como cantora.
–Pero su imagen es la de la cantora.
–Fíjese bien…

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………

La musa de Homero Manzi

Mientras duró la relación entre Nelly Omar y Homero Manzi, fueron varios los tangos que el poeta dedicó a la cancionista. El más famoso tal vez sea “Malena”, y aunque muchos aseguran que fue dedicado a Malena de Toledo, una cantante de tangos que Manzi conoció en San Pablo de regreso de un viaje a México, Nelly asegura ser la verdadera inspiradora. “Al tango ‘Malena’ lo hizo en México. Me lo contó Francisco Petrone, que estaba con él”, relata. “Una noche estaban en El Patio, un lugar donde iban todos, y sale a cantar una chica que era delgada y tenía el pelo como yo, un poco largo, oscurito. Petrone le dijo: ‘¿A quién te hace acordar?’, y Homero enseguida sacó un papel y se puso a escribir. Cuando Petrone se dio cuenta ya había escrito la letra del tango. Se lo mandó a Lucio Demare, que no le dio mucha importancia y lo guardó. Tiempo después Manzi se lo reclamó y enseguida, después de hacer una pequeña corrección, Demare le puso la música, en un rato”. “Otro tango que me dedicó fue ‘Ninguna’ –continua–, en el que describía tal cual el departamento que yo tenía en la calle Paraguay. Pero el que más me gusta es de cuando me conoció. Se llama ‘Solamente ella’”. Nelly lo canta: “Ella vino una tarde y era triste, fantasma de silencio y de canción, llegaba desde un mundo que no existe, vacío de esperanza el corazón. Era nube sin rumbo ni destino, tenía la ternura del adiós. Mi paso la siguió por cien caminos, y un día mi fatiga la alcanzó”.

Amiga Evita

“Fui la cancionista preferida de Evita y siempre cantaba en los actos y reuniones que ella organizaba. Pero nunca cobré un centavo por eso –cuenta Nelly–. Una de las últimas veces que la vi fue en La Casa de la Empleada, donde se hacía un acto con 200 delegados. Cuando terminé de cantar me mandó a llamar y me llevó a su casa de la calle Austria, con (Raúl) Apold y sus guardaespaldas. Me dijo que me encontraba muy delgada y me preguntó si me pasaba algo. Entonces le conté que hacía más de un año que no trabajaba. ¡Uuuuhhh! Para qué se lo habré dicho. Enseguida me citó para el otro día en la Facultad de Derecho. A la mañana siguiente, cuando subía las escaleras del edificio, un señor de traje azul me indica que la acompañe. Entramos a la Facultad y al pasar por el hall había un montón de artistas esperando hablar con Evita, entre ellos Enrique Santos Discépolo y no sé cuantos más. Evita me recibió y me presentó al ministro de Comunicaciones, Oscar Nicolini. ‘Levántese ministro, que le quiero presentar a la mejor voz criolla del país’. Así me presentó Evita y le indicó a Nicolini: ‘Tiene que darle trabajo ya, en la mejor radio y en el mejor horario’. Me mandó a radio Splendid, donde me esperaba un señor Gallardo, con un contrato en blanco. ‘Ponga la cifra que quiere ganar, señora’, me dijo Gallardo. Casi me muero”.

La Gardel con polleras

En 1937, una encuesta de la revista Caras y Caretas promovía a Nelly Omar como la cancionista del momento. Al año siguiente, en un cine de Valentín Alsina un locutor la presentó como “la Gardel con polleras”, apodo de dudoso gusto, con el que todavía hoy muchos la identifican. “No, la verdad es que nunca me gustó del todo que me llamen así –dice Nelly–. Imagínese que poco antes de eso, en Radio Belgrano había conocido al actor Enrique De Rosas, que me bautizó ‘La voz diferente’. Un poco después, en el ’44, hice una temporada en el Novelty, un cabaret muy lindo, donde pude conocer a muchas personalidades. Ahí la Sociedad de Autores me hizo un homenaje y me nombraron ‘La voz dramática del tango’. Ese sobrenombre sí que me gustaba. Todavía conservo la medalla”.

Los amores

“Fijese qué cosa, me casé a los 24 años y fue una desgracia. Me separé enseguida”. Nelly Omar se refiere a su primer marido, Antonio Molina, director de una compañía de radioteatros. “Después me enamoré de Aníbal Cufré, un folklorista –continúa–. Trabajábamos juntos en Radio Splendid y hasta compusimos algunas cosas juntos. Cuando nos conocimos yo estaba con Homero, pero él esperó seis meses después de su muerte para decirme que quería verme. Me acuerdo que me citó en una confitería y llegó con un traje Príncipe de Gales, color amarillento. Lo primero que le dije fue ‘qué mal que le queda ese traje’. Estuve ocho años con él. Me celaba mucho y así se fue apagando el amor. Él quería que le diera un hijo, pero no se dio. Un día volvió de un viaje y acomodándole la valija le encontré un telegrama que decía: ‘Te esperamos locos de contentos, Gustavo y yo…’. El había tenido un hijo con otra mujer. Lo eché de casa. En el ‘93 conocí a Héctor Oviedo, que era menor que yo, y creí que había llegado mi gran amor. Había dejado a la familia para estar conmigo, él sí se había jugado”.

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Comments
One Response to “La testigo”
  1. Juan dice:

    Hola Santiago,
    Linda nota.
    Estoy trabajando en un articulo de tango que pienso publicar en Wikipedia. Quisiera usar una de las fotos de esta nota para mi articulo. Me pregunto si vos obtuviste autorizacion de alguien para publicarlas en este sitio. Es decir, quisiera que me indiques donde podria yo obtener autorizacion para usar estas imagenes de Nelly Omar. Muchas gracias,
    JM

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