Cantor general

Por Santiago Giordano

Preocupado por las deudas, golpeado por la traición, cansado de chantajes afectivos y atacado por la prensa, en 1933 Gardel se debatía entre su Buenos Aires querido y la tentación de seguir su carrera fuera del país. El cantor que representaba el mejor comienzo posible para el tango, ya no encontraba inspiración en una ciudad a la que había enseñado a reconocerse en su voz. Si su audacia para poner los tonos reos del lunfardo en los inmaculados repertorios del cantor nacional alguna vez había sido celebrada, su ambición de ir más allá ahora contrastaba con cierta pacatería ladina y provinciana que caracterizaba a una capital cuya aristocracia había instalado su propio salón de juegos en Europa. “¡Es terriblemente monótona nuestra ciudad! Y la culpa la tienen los mismos argentinos, emperrados en una seriedad funeraria… Aquí la gente se ríe como con vergüenza, como pidiendo perdón por el abuso”, se quejaba en la revista Sintonía el cantor más porteño, el que más cobraba, el que más grababa, el que había encantado a los magnates europeos. El que cada tanto se iba a Europa por el puro placer de extrañar Buenos Aires.

Subido al impulso y a la vez impulsando el naciente cine sonoro, Gardel ya había dado el “gran salto”. Siguiendo el consejo que alguna vez en Niza le había dado Charles Chaplin, había ligado su estampa latina a una de las grandes novedades de la tecnología, en continuo desarrollo: en los estudios franceses de la Paramount, filmó Luces de Buenos Aires, en 1931, y al año siguiente Espérame, La casa es seria y Melodía de arrabal.

Cuando a fines de 1932 Gardel regresó a Buenos Aires, la relación con José Razzano, viejo compañero de andanzas y su representante, era insostenible. Promotor de farras en ambientes bohemios y empresariales, donde ganaba adhesiones ofreciendo copetines y aventuras, Razzano había sido ungido por la generosidad de Gardel. Firmaba contratos en su nombre, administraba los cachets y las regalías. También le seleccionaba el repertorio al cantor, lo que le proporcionaba poder entre los numerosos autores y compositores esperanzados en proyectar su obra en la voz y la imagen del que casi todos consideraban el más grande.

Pero Razzano solía dejar los paños verdes su porcentaje, el de Gardel y hasta anticipos de la compañía discográfica a cuenta de futuras grabaciones. También los giros que el Zorzal mandaba de Europa para levantar la hipoteca sobre la casa de la calle Jean Jaures, donde vivía su madre.

Traicionado, Gardel declaró su apoderado a Armando Defino, amigo fiel de la barra del Armenonville. Resentido, Razzano comenzó una campaña contra Gardel. Los teatros de Buenos Aires que estaban regentados por personas cercanas a “El oriental” –como se lo conocía a Razzano– le cerraron las puertas; la prensa fogoneaba la figura del cantor Santiago Devin; buena parte del público no aceptaba que cantase temas italianos y franceses: “Che Carlitos, largá la canzonetta”, titulaba Carlos De la Púa en Crítica. Encima, la familia de su eterna novia, Isabel del Valle, presionaba para que Gardel compensara con dinero lo que no había dado en afecto.

Ante esta situación Gardel prefirió alejarse y tratar de trabajar en el interior del país. En Buenos Aires se presentará poco: sólo en cines de barrio y en alguna radio. Rosario, Santa Fe, localidades de la provincia de Buenos Aires, Cuyo. En agosto de 1933, La voz del Interior hablaba de “éxito apoteósico” tras la actuación de Gardel en el Cine General Paz de Córdoba. Volverá a las marquesinas porteñas con De Gabino a Gardel, una revista de Ivo Pelay hecha a medida del cantor. “Carlos Gardel parece haber recuperado su voz. Siempre posee ese buen gusto que lo ha destacado ampliamente de sus colegas… canta con más seguridad, con mayor caudal de voz que la última vez que lo vimos. El público lo hizo objeto de cariñosas manifestaciones de simpatía y lo obligó a repetir varias veces”, escribía Augusto Guibourg en Crítica. Algo se recomponía entre la ciudad y Gardel, que en noviembre de 1933 se embarcó hacia Europa, desde donde llegó semanas después a New York. No volvería a ver Buenos Aires.

A dos voces

Antes de partir, Gardel volvió al disco y grabó a dúo con sí mismo, según las posibilidades que comenzaban a desarrollarse en los estudios de grabación. Significativamente eligió Cantar eterno y La pastora, entre otros temas que distinguieron su etapa con Razzano. Pero “El Oriental” ya no estaba en su vida; ni para cantar a dúo.

Gardel y Razzano se conocieron en 1911, en una casa de la calle Gardia Vieja donde se habían citado para escucharse mutuamente. Gardel formaba un dúo con Francisco Martino, cantando en comités conservadores y cafés, y Razzano se unió a ellos. Al año siguiente, en Casa Taggini, Gardel grabaría sus primeros temas como solista, recomendado por  Saúl Salinas, cantor cuyano, el más mentado de Buenos Aires. “El Víbora” –apodado así por su manera de mirar– tenía instinto musical y trayectoria e influenciado por los dúos mejicanos que por entonces llegaban a través del disco –Rosales-Robinson y Abrego-Picazo–, había formado dúos criollos en los que la primera voz cantaba la melodía y la segunda se movía debajo, por intervalos paralelos de tercera (o sexta). Por entonces Gardel-Martino-Razzano, como la gran mayoría, cantaba al unísono, hasta que en 1913 Salinas se sumó para emprender una gira por la provincia de Buenos Aires. El cuyano dispuso que el cuarteto cantara a dos dúos, estrategia interesante en épocas en las que no había micrófono, pero el ajetreo de una gira que se improvisaba a medida que transcurría lo hizo desertar enseguida. Un par de pueblos más adelante se fue Martino. Así nació, de manera natural, el dúo Gardel-Razzano.

Tonadas, valses, estilos, zambas, cuecas, chacareras, fados y bambucos fueron algunos de los géneros abordados por el dúo en el que Gardel hacía segunda voz. Sin compromiso con tradición alguna, como gran parte de los músicos urbanos de la época, los cantores recogían los temas de pura oreja, sin más indicación que el propio instinto y sin lograr mayores matices distintivos entre los géneros. Por aquellos años el folklore era una enunciación en vías de construcción en las ciudades: en 1916 Leopoldo Lugones dictaría sus coordenadas en El Payador y recién en 1921 Andrés Chazarreta llevaría a Buenos Aires noticias directas de la música del Noroeste. En este sentido, la amistad con el cantor cordobés Cristino Tapia, a quien habían conocido en Buenos Aires, fue provechosa para el dúo. En Córdoba Gardel llegó a tener buenos amigos. Además de Tapia, solía encontrarse con Ciriaco Ortiz y el Cabeza Colorada. “La vida nocturna cordobesa era intensa, cafés, cantores, casas de baile; el pueblo hormigueaba en las calles viejas de la ciudad, buscando en ese ambiente no siempre tranquilo un desahogo a la terrible y permanente censura de las autoridades eclesiásticas, que ejercían una especie de rectoría sobre la conducta del pueblo cordobés –recuerda el cantor Carlos Marambio Catán en sus memorias–.Córdoba era en esa época la capital de la menesunda, cabó cabó, pichicata, como se denominaba entonces a la cocaína”.  Cada actuación en Córdoba será una excusa para sostener largas tertulias en las que Tapia les dictaba la manera de cantar la zamba La cordobesa o la Chacarerita del norte, entre otras páginas del cordobés que el dúo grabaría. Aún así, Gardel-Razzano no mostraba más identidad que un repertorio que lo mancomunaba con los numerosos dúos que surgirán en esa época, desde Pelaya-Italo hasta Magaldi-Noda.

Único

En 1917 Gardel interpretó Mi noche triste, un tango canción con la letra que un año antes Pascual Contursi le había puesto al instrumental Lita, de Samuel Castriota. Algunos dicen agosto, otros octubre; para unos fue un éxito inmediato, otros cuentan que no pasó nada. Seguramente Gardel no fue el primero en cantar un tango. Ni siquiera el primero que cantó Mi noche triste. Pero fue el que puso el espesor necesario para desde ahí fundar una tradición.

Por entonces detrás de cada cantor nacional se custodiaba cierta pureza musical que no incluía al tango entre sus virtudes: todavía asustaban su lenguaje y los ámbitos que sugería. También los payadores, entonces dueños de la tradición, se resistían al nuevo género. Resistencia o indiferencia, Gardel no volverá a grabar otro tango hasta 1919: Flor de fango, también con letra de Contursi. Recién en 1923 el tango ocupará un lugar importante en su repertorio: de las 53 canciones que grabará ese año, 33 serán tangos. De ahí en más el aporte de Celedonio Esteban Flores, por ejemplo, profundizará los estereotipos propuestos por Contursi y sus numerosos imitadores. Mano a mano, El bulín de la calle Ayacucho, Viejo smoking, entre otros, quedarán entre sus preferidos.

Por esos años la estrella artística de Razzano comenzaba a apagarse a medida que la de Gardel crecía y se afianzaba un estilo. Tan naturalmente como había nacido, el dúo se disolvió en setiembre 1925, cuando el folklore que se escuchaba en Buenos Aires destilaba provincianía legítima en la voz de Patrocinio Díaz, que había llegado con la compañía de Chazarreta, y el tango comenzaba a enunciar su estilo con cantores como Ignacio Corsini, Agustín Magaldi, Rosita Quiroga, Azucena Maizani.

¿Qué significaba “cantar bien” algo que todavía no estaba inventado del todo? Seguramente tener buena voz, afinación, presencia. En los cantores y cancionistas de la época, las referencias del color de voz estaban en la ópera –voces atenoradas y asopranadas– y la ascendencia del fraseo en la zarzuela, la canzoneta napolitana y sus ornamentos. Las diferencias entre unos y otros se marcaban en el modo de colocar rasgos criollos –el decir payadoril, por ejemplo– y en el repertorio que comenzaba a componerse a medida de cada intérprete.

Gardel combinaba todo eso con la natural sabiduría de los prudentes. Su voz, de sentimiento perfecto, reflejaba el equilibrio entre ser y parecer. Cantaba en europeo y decía en argentino. Mostraba lo justo, pero dejaba intuir que tenía mucho más. Una levantada de cejas, un movimiento de mentón, la mirada inventando un horizonte, eran partes fundamentales de una manera inapelable de sentenciar justicia expresiva. Como con una caricia, nunca de la misma manera, sabía llevar la frase al punto máximo de tensión y dejarla caer con gracia, atento a la emoción con infinidad de matices. Sabía lamentarse sin llorar, sonreír sin reír, picardear sin burlar. Hasta las cesuras que hacía para tomar aire eran parte de lo que estaba diciendo. Además, componía con la misma naturalidad lírica y sentimental con que cantaba. Su madurez artística fue la glorificación de esa perfección sonriente, que parecía estar ahí nomás, al alcance de cualquiera, abierta al goce. A esta altura del mito, a 75 años de su muerte, para igualarlo habría que volver a inventar otra vez el tango y fundar una nueva ciudad para que lo pronuncie.

Sus ojos se cerraron

En 1933 Gardel dejaba Buenos Aires. New York y la Paramount; Cuesta abajo, El tango en Broadway, El día que me quieras y Tango Bar; el modernismo sentimental de Alfredo Le Pera y la orquesta de Terig Tucci; Mona Maris, faisanes al calvados, giras por Latinoamérica, planes de volver, barcos. Y aviones.

El 24 de junio de 1935, en el aeropuerto de Medellin, dos aviones que despegaban chocaron de frente. La explosión dejó un saldo de 15 muertos, entre ellos Gardel, Le Pera y los guitarristas Guillermo Barbieri y Ángel Riverol. Entre los tres sobrevivientes estaba su otro guitarrista, José María Aguilar.

Después de seis meses de descanso en el cementerio San Pedro, el cuerpo podrido y el alma en flor de Gardel comenzaban el lento regreso a Buenos Aires, desandando la ruta por la que había llegado hasta el punto de la muerte: Medellín-Buenaventura-Panamá-New York, donde durante una semana recibió el saludo de la comunidad hispanoparlante. El viernes 17 de enero de 1936, al ataúd llegó a Buenos Aires en el Pan América, después de hacer escala en Río de Janeiro y en Montevideo. La multitud que lo esperaba lo acompañó hasta el Luna Park, donde esa noche distintas orquestas –Canaro, Firpo– tocaron su música. Miles y miles pasaban por la cámara ardiente. Monseñor Franceschi condenó a los “gandules de pañuelito al cuello que dirigían piropos apestoso a las mujeres”, a las “féminas que se habían enbadurnado la cara con harina y los labios con almagre”, a los compadres de cintura quebrada y sonrisa cachadora…” y a las “individuas llenas de compunción que convierten a Gardel en un Tenorio de conventillo”. Eran el pueblo huérfano otra vez, los que a la mañana siguiente acompañaron la carroza tirada por ocho matungos negros que remontó Corrientes arriba hasta la Chacarita, mientras de los balcones llovían flores.

Gardel había nacido en Toluose, ya no hay dudas, el 11 de diciembre de 1890. Hijo de Bertha Gardes y de padre desconocido, fue bautizado Charles Romuald Gardes. Como el Morocho del Abasto, el Zorzal criollo, el Mudo, Troesma o simplemente Carlitos, será para siempre el tango, cada vez que alguien lo cante.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Blog Stats

    • 11,774 hits
  • octubre 2010
    L M X J V S D
    « Ago   Nov »
     123
    45678910
    11121314151617
    18192021222324
    25262728293031
  • Únete a otros 12 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: