¿Por qué no suena igual?

Posiblemente el nombre –y la obra– de Gregorio Allegri (Roma 1582-1652) dormiría aún el sueño de los justos en el opaco rincón que la historiografía romántica reserva a los músicos “no geniales”, si no hubiese sido por las prohibiciones del papa Urbano VIII y la buena memoria auditiva de Wolfgang Amadeus Mozart.
Modesto cantante y compositor correcto en algunas catedrales del Lazio, Allegri entró al servicio de la capilla papal el 6 de diciembre de 1629, puesto en el que permaneció hasta su muerte y que le significó más seguridad económica que prestigio.
Fue allí que Allegri –descendiente del pintor renacentista Antonio Allegri, conocido como Il Correggio– escribió su Miserere Mei Deus, sobre el Salmo 51, página que muchos reputaron “extraña” para lo que se solía escuchar en el ámbito religioso romano de aquellas épocas. Se trata efectivamente de una especie de pasticcio sacro en el que la alternancia entre pasajes de canto llano, segmentos corales y versos cantados por cuatro solistas –cuya voz superior se destaca en las alturas del pentagrama con mundana sensibilidad y encanto barroco–, lograban notable efectividad expresiva.
Tanto, que desde entonces y durante más de dos siglos la obra se ejecutó en la Capilla Sixtina cada miércoles y viernes de Semana Santa.
Como toda la producción musical destinada a los servicios papales, este salmo penitencial no podía ser reproducido ni divulgado fuera de ese ámbito y mucho menos editado, so pena de excomunión, entre otros severos castigos.
Y el encanto, si prohibido, dos veces encantador.
Durante la Semana Santa de 1770, en una de sus tantas giras juveniles por Europa, un adolescente Mozart llegaba a Roma en compañía de su padre, el riguroso Leopold. Antes habían pasado por la docta Bolonia, donde Wolfgang con sus destrezas musicales había despertado la admiración de Giovanni Battista Martini, padre franciscano y uno de los músicos más eruditos y estimados de su tiempo. Martini lo acogió en la Academia de los Filarmónicos y sabiendo que su próximo destino era la sede papal, le aconsejó al púber no dejar de ir, como única posibilidad, a escuchar la obra de Allegri.
Conocida es la historia que cuenta que el joven compositor asistió el miércoles a la Capilla Sixtina para escuchar el célebre Miserere y aún advertido sobre las prohibiciones vigentes, lo hizo con el claro propósito de recordárselo “a mente”. Así fue como regresó al hotel y transcribió por entero cada una de las voces. El viernes, en la sucesiva función, Mozart entró en la Capilla Sixtina con la copia de su manuscrito escondido en el sombrero y pudo aportar algunas correcciones. “Muchas veces se oye de la famosa pieza, que es tan preciada que existe un castigo de excomunión para aquellos que intenten copiarla, llevársela o darla a alguien… pero nosotros la tenemos”, escribía Mozart padre, orgulloso, a su familia en Salzburgo.
Pero en una ciudad como Roma las cosas siempre se saben y, desconfiados, los romanos desafiaron a Mozart a cantar el Miserere, cosa que Wolfgang hizo acompañándose con el clave, naturalmente, de forma impecable. Entre los que asistieron al desafío estaba el castrado Cristofori, cantor del papa en la Sixtina, que no podía dejar de sorprenderse por lo que oía.

“Al inicio de la pieza el papa y los cardenales se inclinan: la luz de las velas ilumina el Juicio Universal de Miguel Ángel sobre el muro del altar. Enseguida, a medida que la música avanza, las velas se apagan; las figuras de los condenados, pintadas por Miguel Ángel con terrible potencia, se agigantan en el resplandor de las últimas luces. Al final, la música ralenta insensiblemente, los cantores atenúan el volumen de la voz, la armonía se extingue poco a poco y parece que el pecador, confuso ante la majestuosidad de Dios e hincado a los pies de su trono, espera oír la voz que lo juzgará”. Así describe Stendhal en su sucinta y exquisita biografía de Mozart, el efecto que producía el Miserere en la Capilla Sixtina.
Sin embargo, el mismo Stendhal adjudica este efecto al “lugar y la circunstancia”. Se cuenta que el emperador de Austria Leopoldo I, musicófilo y discreto compositor, que además tenía a su servicio los mejores cantantes de su tiempo, pidió al papa –debió ser Inocencio XII o Clemente XI– una copia del Miserere de Allegri para ejecutarla en su Capilla Imperial: el favor le fue enseguida concedido. Sin embargo, la ejecución de la obra en Viena no surtió el efecto esperado. A tal punto que Leopoldo, convencido de que el papa –celoso de la exclusividad de su música– le habría enviado otra cosa, presentó enérgicas protestas por vía diplomática.
“La tradición enseñó a los cantores del papa ciertas modulaciones de la voz que son de gran efecto y que es imposible expresar con las notas. Su canto llega a lo máximo de la sugestión… Los cantores de la Capilla Sixtina usan acelerar o ralentar en ciertos puntos de la obra, adecuando el volumen de la voz, en crescendo o diminuendo, al sentido de las palabras…”, explica Stendhal y agrega: “Esto da la medida de las dificultades que Mozart debió superar para transcribir este Miserere”.

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